Por: Angélika Ocampo

Veintisiete años, cuatro meses y tres días… Ese fue el tiempo que me tomó cumplir el mayor logro en mi vida personal: Pasar un día usando solamente traje de baño.

Veintisiete años, cuatro meses y tres días… Es el tiempo que puede tomar para una persona terminar una carrera universitaria (si se le complicó un poco); viajar por todo el mundo (en modalidad ahorro-viaje); encontrar una pareja imperfectamente ideal (probablemente después de besar unos cuantos sapos); iniciar una familia (bien planeada, chic@s, safe sex!); encontrar el trabajo perfecto (o lo más parecido a ello) y demás logros considerados piedras angulares en la vida de cualquier persona.

Ése fue el tiempo que me tomó lograr el mayor logro en mi vida personal: Pasar un día usando solamente traje de baño en la playa.

Sí, sí, lo sé, no suena muy impresionante cuando lo leen así nada más; pero como buena chica plus, la mayoría tenemos ese “vestidito lindísimo”, “playera ‘super fashion’”, “pareo bohemio-chic” y demás prendas con las cuales hemos hecho las pases; nos hemos autoconvencido que son básicos para cualquier viaje cercano a un cuerpo de agua. Mucho más básicos aún que el “siempre negro” traje de baño; o ya cuando nos sentimos muy aventureras, tankini en colores oscuros. Yo tenía los míos, y los amaba y defendía con uñas y dientes.

Claro que no iría de viaje sin ellos, eso ni pensarlo.

…Hasta ese fatídico día, el verano pasado, el día que junto a mis padres y mi esposo fuimos a cierto parque de aventura en el caribe mexicano.

Llevaba esos fieles aliados en mi bolso de playa pero no sabía que la primera atracción era un río subterráneo. Claramente no podía entrar con mi bolso de playa, debía dejarlo en unos casilleros.

Para el recorrido usé un chaleco salvavidas que además de cumplir con su función, cubría la mitad de mi cuerpo. Mi plan era disfrutar el recorrido y luego salir huyendo al casillero para cubrirme con mi cómoda y fiel “capa de invisibilidad”… Hasta ahí todo perfecto… ¿no? Pues no.

Con lo que no contaba era que el río sale hasta el extremo opuesto del parque. Esto significaba que estaría a una distancia considerable de mi zona de confort; que no podría salir corriendo de la atracción y refugiarme en mis mejores amigos para la playa.

¿Qué iba a ser de mí sin su tierno abrazo que ocultaba mi figura de las miradas prejuiciosas?

¿Se burlarían de mí en silencio al ver pasar mis muslos grandes y caderas anchas?

¿Podría escuchar murmullos como: “mira esa gordita” “cómo puede andar por ahí sin taparse”?

¿Se codearían unos a otros e indicarían hacia mí con sus barbillas?

¿Se… reirían… de mí?

No… no pasó nada de eso… o al menos, dejó de importarme si sucedía.

Cada paso que di después de entregar ese chaleco salvavidas fue, en pocas palabras, liberador.

El sol me bañaba de frente y me ayudaba a dar cada paso con firmeza. La arena se adhería a los dedos de mis pies y me ayudaba a sonreír. Me sentía plena, contenta de estar con gente que me ama; que no me juzga, que me acepta y que me ayuda a convertirme en una mejor versión de mí misma.

Pero sobre todo, estaba feliz de caminar con paso firme, consciente de mi propio cuerpo y de lo bello que es ser una mujer voluptuosa. Sentirme como una ninfa acuática, totalmente en mi elemento, y con la seguridad valiosa de no darle importancia a nadie más que a ti y tu felicidad.

Fue entonces, luego de veintisiete años, cuatro meses y tres días, cuando descubrí que mandar todo al carajo es la esencia de aprender a amarse uno mismo.

Y, ¿les digo una cosa sobre mi mayor logro? Ese sentimiento no lo cambiaría por nada.

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